MEMORIAS
DE DIÓGENES SINOPEYUS
AL
CULANTRO CULANTRO Y AL ROMERO ROMERO
Así obran los verdaderos amigos: se acuerdan de uno y
nos visitan cuando no tienen cosas más importantes que hacer ni adónde ir. Y
sobre todo porque les resulta más barato comernos lo poco que tenemos en la
alacena que pagar en un restaurant.
En este marco de circunstancias me visitaron Periandro, Quilón, Solón y Bías,
mientras Tales, Pítacos y Cleóbulo
hacían cola para comprar alimentos, si es que los había y, principalmente, si
les alcanzaba el dinero...
Así como fue imprevista la visita, también lo fue el tema de la conversación, porque Quilón
terminó con el nalgatorio sobre el suelo cuando se le rompió el guacal donde pretendía
sentarse. La retahíla de maldiciones y
de otras expresiones de hilaridad filosófica, no se hicieron esperar, en tal
cantidad y con tal ardor, que Solón, puntilloso y decente como todo buen
legislador, no soportó la andanada:
-Me tienes harto, Quilón. De quince palabras que
dices, por lo menos doce son groserías propias de la gleba. Eso no puede ser
propio de un sabio, sobre todo de Grecia, patria de la belleza, del buen decir y del mejor hablar.
Luego buscó mi apoyo:
-¿Qué opinas, Diógenes? ¿Qué opinión despierta en
ti el asunto de las maldiciones?
Yo le respondí:
-Has escogido un mal interlocutor, porque ya sabes
qué opino de las groserías y de las maldiciones. Sin embargo, lo diré de nuevo:
En este mundo inmundo solo cabe bendecir o maldecir. No hay tercio.
Luego, cuando no es lógico bendecir,
¿qué otra cosa queda sino maldecir? Por ejemplo. Si el pueblo padece el
peso de una dictadura, día tras día, año
tras año, ¿deberá bendecir los crímenes de los gobernantes ? ¿O habrá que
maldecirlos, como lo dice la lógica de causas y efectos? ¿Bendecir lo malo sólo
porque la palabra maldecir nos suene feo? Es ilógico maldecir lo bueno y
bendecir lo malo.
Solón guardó silencio, se puso de pie y se marchó sin despedirse. Lo mismo hicieron
los demás. Solón, porque era un sujeto dogmático hasta el fanatismo. Los demás,
porque los dominaba un espíritu servil, pues admiraban a Solón porque había
sido legislador, como si eso fuese una gran vaina...
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