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viernes, 4 de noviembre de 2016

MEMORIAS DE DIÓGENES SINOPEYUS AL CULANTRO CULANTRO Y AL ROMERO ROMERO





MEMORIAS DE DIÓGENES SINOPEYUS
AL CULANTRO CULANTRO Y AL ROMERO ROMERO

Así obran  los verdaderos amigos: se acuerdan de uno y nos visitan cuando no tienen cosas más importantes que hacer ni adónde ir. Y sobre todo porque les resulta más barato comernos lo poco que tenemos en la alacena que pagar en un restaurant.
En este marco de circunstancias  me visitaron Periandro, Quilón, Solón y Bías, mientras  Tales, Pítacos y Cleóbulo hacían cola para comprar alimentos, si es que los había y, principalmente, si les alcanzaba el dinero...

Así como fue imprevista la visita, también lo  fue el tema de la conversación, porque Quilón terminó con el nalgatorio sobre el suelo cuando  se le rompió el guacal donde pretendía sentarse. La  retahíla de maldiciones y de otras expresiones de hilaridad filosófica, no se hicieron esperar, en tal cantidad y con tal ardor, que Solón, puntilloso y decente como todo buen legislador, no soportó la andanada:

-Me tienes harto, Quilón. De quince palabras que dices, por lo menos doce son groserías propias de la gleba. Eso no puede ser propio de un sabio, sobre todo de Grecia, patria de la belleza,  del buen decir y del mejor hablar.

Luego buscó mi apoyo:
-¿Qué opinas, Diógenes? ¿Qué opinión despierta en ti el asunto de las maldiciones?

Yo le respondí:
-Has escogido un mal interlocutor, porque ya sabes qué opino de las groserías y de las maldiciones. Sin embargo, lo diré de nuevo:
En este mundo inmundo solo cabe bendecir o maldecir. No hay tercio. Luego, cuando no es lógico  bendecir, ¿qué otra cosa queda sino maldecir? Por ejemplo. Si el pueblo padece el peso  de una dictadura, día tras día, año tras año, ¿deberá bendecir los crímenes de los gobernantes ? ¿O habrá que maldecirlos, como lo dice la lógica de causas y efectos? ¿Bendecir lo malo sólo porque la palabra maldecir nos suene feo? Es ilógico maldecir lo bueno y bendecir lo malo.

Solón guardó silencio, se puso de pie  y se marchó sin despedirse. Lo mismo hicieron los demás. Solón, porque era un sujeto dogmático hasta el fanatismo. Los demás, porque los dominaba un espíritu servil, pues admiraban a Solón porque había sido legislador, como si eso fuese una gran vaina...



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